Si lo medimos por el ratio entre viviendas y grafittis, probablemente Fanzara sea uno de los pueblos más entintados del mundo. La peculiaridad de esta aldea de Castellón, encajonada en un valle a los pies del río Mijares y cercada por la industria de la cerámica, es que con poco más de 300 vecinos, casi todos ancianos, se ha convertido en una reserva mundial del arte urbano.El proyecto de convertir la aldea en un museo abierto empezó a cocinarse mucho antes, en 2005, cuando el ayuntamiento del PP propuso la construcción de un vertedero de residuos peligrosos.

Algunos vecinos crearon una plataforma para movilizarse contra esta iniciativa y terminarían tumbándola. El vertedero no se construyó, pero el pueblo quedó dividido entre opositores y partidarios de la propuesta municipal. Las relaciones se enquistaron; había que inventar algo.

El MIAU -Museo Inacabado de Arte Urbano- nació para destensar la convivencia entre los vecinos de Fanzara. Fue una medida paliativa. De hecho, al comienzo, el proyecto albergaba pocas esperanzas de triunfar. Las características demográfica de la aldea, con una población muy envejecida, condicionaban en exceso a los impulsores de la propuesta, que tenían que convencer a sus vecinos de que cedieran los muros de sus viviendas para que artistas urbanos desconocidos los emborronaran con aerosoles. Tres años después, con el ayuntamiento en manos del PSOE y los vecinos encantados con la propuesta, Fanzara ha enjuagado sus heridas. El trayecto ha tenido miga, claro. El planteamiento inicial consistía en emplear algunos paredes al borde del derrumbe, algunas tapias; seleccionar a un puñado de muralistas que quisieran experimentar en un entorno semi rural. Todo ello contando con un consistorio sin dinero y un pueblo en permanente disputa. No obstante, la idea tenía potencial, y lo demostró ya desde la convocatoria: 21 artistas dieron el sí -entre ellos Escif, Deih, Julieya Xlf y Hombre López-.

Durante la primera edición la convivencia entre artistas y vecinos tuvo tintes tragicómicos. El choque era doble, cultural y generacional. Chavales jóvenes, tatuados y con piercings, acostumbrados a crear en las grandes capitales del mundo, se veían departiendo con octogenarios que jamás habían salido de la Sierra de Espadán. Fue una experiencia extrema, pero la cosa funcionó.

Las 44 intervenciones que dejaron durante el verano de 2014 los artistas callejeros sirvieron para darle vida a esta aldea castellonense, perdida entre montañas, quebrada por el tiempo y las rencillas, amanecida después al calor de la tinta indeleble. Aquella nueva vitalidad también sería difícil de borrar. El proyecto creció y cambió de concepción. Dejó de ser un espacio expositivo, o al menos no solo eso. A partir de la segunda edición introdujo la vocación de convertirse en una villa de acogida. El MIAU cambió de piel y pasó de ser un museo abierto en el que sus vecinos eran meros espectadores a un proyecto de voluntariado que involucraba a todo el mundo, artistas y residentes.De la reinvención brotó la figura del anciano diletante: sexagenarios y octogenarios que conocían con profusión la obra de sus chavales de acogida. En Fanzara hay ancianos que bucean en el colorismo distópico de Deih y vuelven a la superficie para desentrañárselo a todo el que pasa por allí. En Fanzara hay abuelos que han visto la cara de Escif, el Banksy valenciano, y eso es mucho decir.Tanto ha crecido el MIAU que los principales medios internacionales -The New York Times, The Guardian, BBC- ya se han hecho eco de esta particular ‘capital mundial del graffiti’. Decenas de turistas toman cada fin de semana el desvío de la CV-194 para adentrarse en esta anacronía de tendencias artísticas y costumbres arcaicas. Se hace extraño. No hay más de dos calles seguidas sin un mural, y frente a ellos, cámara en mano, turistas de todas partes guardando las piezas en sus tarjetas de memoria gráfica. El fenómeno está tan interiorizado que incluso los dueños de los dos bares del pueblo, regentados por bandos antaño enfrentados -simbolizaban el conflicto de sus vecinos- se prestan hoy a ofrecer información. Unidos por un estímulo común: el éxito del festival.

Además del turismo, la propuesta recibe visitas de diferentes ámbitos. Numerosas asociaciones y centros educativos han organizado visitas a la localidad y, hasta la fecha, más de 2.300 niños han disfrutado de los murales. Esto pueda dar una idea de la consistencia que ha adquirido la propuesta, pero probablemente sea más representativo el número de artistas que aspiran a participar.

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Aquellas 44 piezas de las que hablábamos antes se han multiplicado hasta llegar a las 105 obras. Para la edición de 2017, que se celebrará del 6 al 9 de julio, ya se han postulado más de 200 artistas de Chile, Argentina, Brasil, Reino Unido, Francia, Israel o Australia, entre otros países.

De hecho, Fanzara empieza a estar anegada de tinta, por lo que la organización del festival ha reorientado la selección. En la nueva edición se pretende apostar por la escultura, el land-art y otra disciplinas tridimensionales que no precisen de muros para desarrollar sus creaciones. El reclamo del MIAU dice así:

Si eres escultor, instalas obras en entornos naturales o alguna otra propuesta, ésta es tu oportunidad.

La llamada es extensible a artistas que usualmente pinten muros, pero que en esta ocasión propongan algo distinto, como traer sus propios soportes para pintarlos, o montarlos en el pueblo siempre que sean respetuosos con el medio ambiente, reciclables, sostenibles y no contaminantes; los ingredientes primigenios del proyecto.

Aún faltan tres meses para la nueva edición. Ahora toca recapitular: en el interior de Castellón existe una aldea luchadora y resistente, al estilo de los galos de Uderzo, pero esta aldea no se guarece de los romanos, sino que cuenta con un enemigo mucho más devastador: Fanzara pelea contra el olvido. Su arma es el arte, y sus guerreros un conglomerado de vecinos y artistas comprometidos con una locura venida a más. Una locura feliz. Así, artistas de medio mundo viajan a este inmenso contenedor de arte urbano en modo campamento, de retiro artístico y espiritual, a disfrutar del aire puro que, por unos días, se teñirá de colores.

Del 6 al 9 de julio verán crecer la locura, y que siga así por muchos años.

¡Larga vida a Fanzara!

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